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Otros mitos y la respuesta cristiana (III)

Mitos sociales, respuesta cristiana (III)

El mito de la redención proletaria

Karl Marx expone que los pobres heredarán la tierra y serán libres a través del socialismo; que constituye la auténtica salvación de la humanidad, una vez que supere las circunstancias alienantes y mejore su vida a través de la revolución.

El obrero se aliena cuando su trabajo deja de pertenecerle, cuando se vende para conseguir un sueldo humillante. Por ende son la propiedad privada de los medios de producción y la anarquía del mercado las principales fuentes de alienación, tanto para los trabajadores como para empresarios, esclavos de la competencia.

Los intereses contrapuestos entre la clase dominante y el proletariado llevan a una continua lucha de clases, siendo el motor del cambio en las sociedades las influencias económicas y no las ideas o los valores de las personas.

La emancipación de los trabajadores a través del comunismo es el inicio de la emancipación de toda la humanidad. Y las revueltas sociales no son accidentales sino una necesidad histórica que ocurren en el momento oportuno, cuando condiciones son adecuadas.

En su máxima expresión el comunismo anula las verdades eternas y la educación dejará de justificar los ideales burgueses del mundo capitalista; instaurándose la propiedad común y la sociedad sin clases.

Las ideas marxistas continúan vivas, en los movimientos actuales de liberación, solo que el concepto de proletariado se sustituye por el de la mujer, los homosexuales o cualquier grupo oprimido que reivindique sus derechos.

De igual manera, las utópicas ideas del advenimiento de una sociedad post capitalista se mantienen como ideal, ahora bien el sentimiento religioso subsiste todavía y, en general, ya no se le considera como el opio del pueblo y se considera la revolución desde el diálogo y la voluntad de entendimiento antes que la lucha armada. La mejor revolución para cambiar la historia es siempre la del corazón.

Pese a los desaciertos de este mito, asuntos como la concentración del poder económico sin control democrático; la desaparición de los valores humanos como consecuencia del aumento del espíritu de lucro; la deshumanización del trabajo que persiste provocando frustración, impotencia y resignación; la crisis de insatisfacción humana o el sinsentido de la vida que genera la propia civilización capitalista, así como la contradicción entre el desarrollo tecnológico y la protección del ser humano y de la naturaleza, siguen siendo asignaturas pendientes para este tercer milenio.

El mito de Edipo

Sigmund Freud expone el fracaso de la civilización moderna como consecuencia de la represión social, cultural o religiosa que se ejerce sobre los instintos más básicos del ser humano.

Considera el inconsciente como la parte reprimida de la personalidad, no expresada en la conducta consciente y responsable oculta de ciertas enfermedades mentales. La mente, y no el cerebro, causa su propia enfermedad, o el mal funcionamiento del cuerpo.

La vida del hombre y su comportamiento se guía tanto por la razón y la consciencia, como por la serie de experiencias o recuerdos escondidos en la mente de los que no se tienen conciencia y que ejercen gran influencia sobre su personalidad.

El Estado, la religión y la sociedad, refrenan y controlan los impulsos, pasiones y sentidos humanos por ello son los causantes de frustración e infelicidad.

Freud sostiene que la felicidad consiste en no refrenar nunca los propios impulsos. El hombre no debe arrepentirse de nada, ni reprimir los deseos más íntimos porque ello le traumatiza; el mal no está en el corazón del hombre sino en las normas sociales.

Reflexiones cristianas

En primer lugar las hipótesis freudianas conducen a considerar los errores del comportamiento no como resultado de la corrupción moral del individuo sino como simples respuestas aprendidas por nuestros antepasados y guardadas en el inconsciente. No obstante, cuando se niega la visión cristiana del mundo se está rechazando también la idea de responsabilidad moral y de pecado.

Bajo el disfraz de una concepción “científica” de la vida humana, lo que se hace es robarle dignidad al ser humano y tratarlo como si fuera una máquina o un animal. Negando el pecado y la culpa no es posible mejorar la sociedad. Por el contrario, lo que ocurre es que se le resta significado a las decisiones y a las acciones humanas, se mengua la dignidad del ser humano y se corre el riesgo de dejar sueltas las fuerzas más negativas de este mundo.
Por otro lado, como cristianos debemos exigir a todos los gobernantes del mundo mayor acierto en la regulación mundial de la economía, para menguar la pobreza en la mayor parte del mundo y poner fin a la explotación del hombre por el hombre.

El individualismo característico del mundo protestante no es bíblico; es imprescindible tener una relación personal con Dios a través de Jesucristo, pero si tal relación individual provoca indirectamente el olvido del hermano, entonces se convierte en un comportamiento equivocado.

La iglesia cristiana, adolece de la falta de ministerio social que es una consecuencia directa de poner en práctica el Evangelio de Jesucristo (Stg. 2:7). Todo aquello que se opone a la liberación del hombre, no puede ser cristiano ni puede venir del Dios liberador, el Maestro denunció las relaciones de dominación establecidas en nombre de la religión por parte de los poderosos de su época y esta denuncia contribuyó también para llevarle a la muerte, los cristianos no tienen que luchar sólo contra el pecado y las fuerzas del mal sino también contra la miseria y la explotación.

El fin espiritual del hombre está inseparablemente relacionado con la transformación de la sociedad. Por tanto, los cristianos deben procurar que la política no se divorcie alegremente de los valores morales y de la autorrealización del ser humano que fue creado a imagen de Dios.

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